lunes, 20 de febrero de 2012

El trabajoso oficio del minero


Cuando terminamos se tiró para atrás y cayó de espaldas sobre la almohada. Yo hice lo mismo, pero reboté contra el colchón y me quedé mirándolo de reojo. No podía creerlo.
Pensé en las boas constrictoras, en el color de sus pieles escamadas y en la parte que va
rozando el piso, más blanca que el resto por no entrar nunca en contacto con el sol. Después puse los ojos en el techo, entrelacé los dedos y dejé caer los codos.

—Parecés una muerta— me dijo.
—Estoy muerta—le contesté.

Estaba extenuada, satisfecha. Arrastraba las palabras cuando le decía algo. Me sentía una especie de Indiana Jones. Habré tardado cinco o seis minutos en reponerme. Fui al baño, me lavé la cara y me enjuagué la boca. Abrí la puertita del botiquín y espié lo que tenía. Desodorante, papel higiénico y talco para los pies. Qué aburrido. Después volví resuelta a vestirme, pero justo cuando entré al dormitorio tuve que volver a ver ese espectáculo sobre la cama: él boca arriba, con el aparato desconectado y todavía ese tamaño. Entonces cambié de idea, y me tiré al lado suyo, desnuda. Empecé a hacerle caricias con la punta del pie. Él había girado hacia la derecha y parecía un bebé después de almorzar. Con las manos tironeé de su brazo y le dije que me tape, que tenía frío. Medio dormido me abrazó. Sentí el olor de la marihuana cuando respiraba y me quedé mirando su pelo despeinado. Pensé en mi vieja y en lo malo que era morirse sin haber visto algo así. Ni siquiera tendría palabras para describírselo. También pensé que debe ser muy difícil andar con un fusil de semejante calibre, todo el tiempo cargado.

—Pobre mina la que se lo quede—se me escapó en voz alta—bah, pobre no. Pobre nada—.

Pero él ni se dio por enterado. Al contrario. Tardó lo que quiso en despabilarse y después me tiró una sonrisa.

El de abajo también.

Debían medir casi lo mismo. En un segundo se pusieron de acuerdo. Tenían toda una organización. Se hicieron unas señas, y se distribuyeron las tareas. Se entendían bien. Uno iba a ocupar la parte superior del territorio, el cuello, la boca y las tetas, mientras el otro intentaba el ingreso a la mina. La estrategia era obvia. Sin perder tiempo iniciaron las tareas. La sensación de dos placeres a la vez me llevó a un estado de Nirvana sin retorno. Veía su lengua pasar por mis pezones y al mismo tiempo sentía al otro, duro entre las piernas. Pero no terminaba de entrar. Me la hacía difícil. Pasaba y pasaba, empujando apenas, y enseguida se iba dejándome con las ganas. Después me mordía despacio y su lengua trepaba al cuello, y al agujero de mi oreja, que se mojaba sola. Esperé todo lo que pude. Cuando no di más le pedí que me la meta.

Tipo seis de la mañana entreabrí los ojos y recordé dónde estaba. Los dos seguían ahí, durmiendo a pierna suelta. Me voy, pensé, y a los tumbos, como pude, revisé el dormitorio porque me faltaba una sandalia. Como no se veía nada tuve que encender la luz. Sin querer los desperté.

—Perdón, perdón—dije.

Al verme vestida, el de arriba refunfuñó.

—Aguantá que nos aclimatamos un poco y después te vas. Yo te acompaño abajo.

Estaba completamente despatarrado. No parecía tener ningún pudor. Decidí bajar un cambio y le hice caso. Retocé cansina, bostecé al lado suyo, y volví a enterrarle los dedos en el cuero cabelludo. Le di besos en el torso y en los hombros. Me gustaba. Las sábanas tenían un olor agradable. El minero me miraba desafiante desde su lugar. Después, para hacerse notar, hizo unos veinte abdominales a un ritmo sorprendente. Estaba como nuevo, y yo absorta, con la mandíbula descolocada. No sabía si lo hacía por ostentar, o si quería tentarme. Me imaginé al tipo cuidando a su minero como a una mascota. Seguro que por las mañanas le da de comer, lo lleva al veterinario y a la peluquería. Para mí que le compra calzoncillos de algodón, pensé. Cualquier otro con semejante coso haría lo mismo: entrenar, salir a tirar a los carteles de las rutas provinciales, esas cosas. Pasado un rato, y para evitar la tentación, me puse firme y salí de la cama. Mientras terminaba de arreglarme el pelo, él se clavó el jean, y la camiseta manchada. Los boxer quedaron tirados en el piso. No se subió el cierre ni se abrochó el cinturón. Le gustaba andar así, a medio vestir, pateándose al otro tipo. Se metió la mano adentro del pantalón y se lo acomodó. Yo lo miré despidiéndome, y le pedí que bajara a abrirme.

—Mejor te llamo un taxi.

Me abrazó por atrás y me llevó al living en el aire, casi sentada a cocochito del minero. Cuando agarró el teléfono me puse las manos en la cara. Resoplé. Él se dio cuenta; los tres metros de la cama al living me habían puesto otra vez a punto. Igual marcó el número. En un movimiento brusco, cuando dijo, “me mandás un taxi”, salté hasta la base del inalámbrico y corté la llamada. El tipo se rió, y el minero montó en guardia. Todo siguió bastante más zarpado que las veces anteriores. Me arranqué la camperita de verano que tenía puesta para salir y le pedí que me chupe las tetas, pero ahora de parados.

—Última vez y me voy—dije, y le hice la mirada Bluemagnum de Zoolander.

Me sentía sexy, masculina. Él estiró la mano hacia atrás y mientras hacía lo suyo puso Low, de David Bowie. El minero parecía incómodo, no lograba salir. El otro fumó de nuevo y me pasó una bocanada de humo. Sentí que la boca se me adormecía, flojera en las piernas, hormigas subiéndome por los dedos de los pies. Los párpados me pesaron y los dejé. Después abrí los ojos y estaba tirada en la cama, en la posición que menos elegía. Él arriba, aire entre medio, sus manos en el colchón, como haciendo cuerpo tierra. Vi al minero subir despacio, como una boa que se arrastra. Quise mover las manos para sacármela de la panza, pero estaba rígida y no podía reaccionar. Siguió subiendo por mi abdomen y pasó entre medio de mis tetas. El de arriba seguía haciendo fuerza y miraba desde su posición. Después sentí que el cuello se me cerraba, un ahogo en la garganta y fue. Corte a negro.

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