escribo urgente, con la urgencia de los desesperados
de los que caminan descalzos y se comen las uñas
escribo por los que se comen los dedos de las manos
por los que ya no escriben porque les duele
porque escribir duele y sangra
los dedos
de los que siendo las doce escuchan Gilda
como la escucho yo, casi rezando
repitiendo su pensamiento escribo
si podremos ser un poco más libres desde hoy
deseándolo escribo
que seamos más libres
que soy él, que esella y soy
las leyes de la cultura
extraña paradoja que nos hace libres
y que no
sangran los dedos
las uñas que se comen los que escriben
las leyes que definen el amor
la ley primera de tu padre
mi madre
la búsqueda infinita de ese hombre mil veces
infinitas
ese nombre todas las veces frente al espejo que te muestra entero
por partes a mi padre-vos
los espejos del hombre que se refleja
en el techo
escribo algo que sangra
¿podremos ser más libres?
hay fragmentos de lo que somos mientras escribo
hermosos juntos
desnudos como contentos
juntos
somos los tres los cuerpos dellos
las rayitas y el hombre que intuye todo
que tiene las manos grandes y le toma del pelo
le deja las marcas
su
paso por el cuerpo della
la mujer
que escupe su mesa, dicta sus leyes, llama cada día para recordarle que ha crecido
que la única búsqueda válida es el encuentro
dice ella
que dice lo que no decimos acá
los muertos de las tumbas húmedas
adentro de los cartones donde vivimos inertes
donde sangran los dedos porque hay urgencia
porque ella cree que ama
amo y amo, dice ella
corro por la Avenida Corrientes para no pensar
en mis zapatos doblados, corro
dice
viejos zapatos con urgencias de pobre
que son amigos
que van borrando
las marcas que sangran y muerden
las puntas de los dedos y las manos
hasta el año del olvido
de los días atrás que no se quieren borrar
que se quiere y no se quiere porque se amó
y las marcas al fin desaparecen
hasta que seamos hermosos y libres en el cuerpo de otro
juntos los tres nos elegimos en la urgencia
porque urgencia es mejor que ausencia
soledad
porque tristes están los tontos
los que creen verle la cara al mundo.
maría amelia bergenmacher
jueves, 10 de mayo de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
viernes, 23 de marzo de 2012
sepresentase
con escribir el libro afuera
de la casa de la pantera, alcanzaría.
paz,
amor,
distensión,
ver a los nietos,
estar entre poetas.
ese libro de tapa roja
y frases avergonzantes
es mi cable a tierra
mi Salvatierra
y él también
su escritura un tratamiento antiestress
sus ojos celestes / la fonoaudióloga
sin esas imágenes no podría hacer todo el esfuerzo
que hago a diario en la academia, no podría
si no pensara que un día todas las horas
de punta a punta
podrían ser tejer
palabras en versos o sonetos
para no enloquecer.
mañana será una gran noche.
jueves, 22 de marzo de 2012
sábado, 17 de marzo de 2012
antes que puedan quebrar la vara
hay unos mecanismos sutiles
perversos
del género masculino con poder
son los miedos de los detentores
de la pija podrida
hay pocos hombres a los que admirar
mucho miedo y manos temblequeantes
¿por qué te decís todo el tiempo "cerrá la boca"?
¿por qué escondés tu perfil, y lo ponés abajo,
de la mesa
te cerrás el escote y alargás tu pollera?
¿por qué correte, nena, decime?
¿por qué?
si vos no sos "chiquita"
tenés un nombre
un apellido
no te vuelvas a convencer de que es mejor hacerlo mal
a medias es de impotentes
desprolijo y feo es desprolijo y feo.
obsesiva es una palabra
y el viento chista y se la lleva.
se trata de entender hasta donde puede llegar la locura
la ambición de poder
la explotación.
la fantasía del loco no tiene límite.
enfrenta a los que se dejan enfrentar
explota a los que están obligados a seguir
los signos de pregunta en esas caras
las ojeras
te recuerdan a los niños durmiendo debajo de las máquinas
la revolución industrial sigue siendo
la revolución de los que tienen la manija
vos, tontita
vos con tu celular proletario
sos tan esclava como un obrero de la algodonera
un monigote sin cabeza
dos lóbulos cerebrales apagados.
mirate al espejo, que no te importen la arrugas
tontita
la cara se te envejece sin que las cosas cambien
no lo pienses más
mirate al espejo y decile a tus propias conclusiones:
lo bueno existe
lo bello también
hay que escupirle la cara a las conclusiones erróneas
pensar en el otro
hacer las cosas que tenés que hacer.
lunes, 20 de febrero de 2012
El trabajoso oficio del minero
Cuando terminamos se tiró para atrás y cayó de espaldas sobre la almohada. Yo hice lo mismo, pero reboté contra el colchón y me quedé mirándolo de reojo. No podía creerlo.
Pensé en las boas constrictoras, en el color de sus pieles escamadas y en la parte que va
rozando el piso, más blanca que el resto por no entrar nunca en contacto con el sol. Después puse los ojos en el techo, entrelacé los dedos y dejé caer los codos.
—Parecés una muerta— me dijo.
—Estoy muerta—le contesté.
Estaba extenuada, satisfecha. Arrastraba las palabras cuando le decía algo. Me sentía una especie de Indiana Jones. Habré tardado cinco o seis minutos en reponerme. Fui al baño, me lavé la cara y me enjuagué la boca. Abrí la puertita del botiquín y espié lo que tenía. Desodorante, papel higiénico y talco para los pies. Qué aburrido. Después volví resuelta a vestirme, pero justo cuando entré al dormitorio tuve que volver a ver ese espectáculo sobre la cama: él boca arriba, con el aparato desconectado y todavía ese tamaño. Entonces cambié de idea, y me tiré al lado suyo, desnuda. Empecé a hacerle caricias con la punta del pie. Él había girado hacia la derecha y parecía un bebé después de almorzar. Con las manos tironeé de su brazo y le dije que me tape, que tenía frío. Medio dormido me abrazó. Sentí el olor de la marihuana cuando respiraba y me quedé mirando su pelo despeinado. Pensé en mi vieja y en lo malo que era morirse sin haber visto algo así. Ni siquiera tendría palabras para describírselo. También pensé que debe ser muy difícil andar con un fusil de semejante calibre, todo el tiempo cargado.
—Pobre mina la que se lo quede—se me escapó en voz alta—bah, pobre no. Pobre nada—.
Pero él ni se dio por enterado. Al contrario. Tardó lo que quiso en despabilarse y después me tiró una sonrisa.
El de abajo también.
Debían medir casi lo mismo. En un segundo se pusieron de acuerdo. Tenían toda una organización. Se hicieron unas señas, y se distribuyeron las tareas. Se entendían bien. Uno iba a ocupar la parte superior del territorio, el cuello, la boca y las tetas, mientras el otro intentaba el ingreso a la mina. La estrategia era obvia. Sin perder tiempo iniciaron las tareas. La sensación de dos placeres a la vez me llevó a un estado de Nirvana sin retorno. Veía su lengua pasar por mis pezones y al mismo tiempo sentía al otro, duro entre las piernas. Pero no terminaba de entrar. Me la hacía difícil. Pasaba y pasaba, empujando apenas, y enseguida se iba dejándome con las ganas. Después me mordía despacio y su lengua trepaba al cuello, y al agujero de mi oreja, que se mojaba sola. Esperé todo lo que pude. Cuando no di más le pedí que me la meta.
Tipo seis de la mañana entreabrí los ojos y recordé dónde estaba. Los dos seguían ahí, durmiendo a pierna suelta. Me voy, pensé, y a los tumbos, como pude, revisé el dormitorio porque me faltaba una sandalia. Como no se veía nada tuve que encender la luz. Sin querer los desperté.
—Perdón, perdón—dije.
Al verme vestida, el de arriba refunfuñó.
—Aguantá que nos aclimatamos un poco y después te vas. Yo te acompaño abajo.
Estaba completamente despatarrado. No parecía tener ningún pudor. Decidí bajar un cambio y le hice caso. Retocé cansina, bostecé al lado suyo, y volví a enterrarle los dedos en el cuero cabelludo. Le di besos en el torso y en los hombros. Me gustaba. Las sábanas tenían un olor agradable. El minero me miraba desafiante desde su lugar. Después, para hacerse notar, hizo unos veinte abdominales a un ritmo sorprendente. Estaba como nuevo, y yo absorta, con la mandíbula descolocada. No sabía si lo hacía por ostentar, o si quería tentarme. Me imaginé al tipo cuidando a su minero como a una mascota. Seguro que por las mañanas le da de comer, lo lleva al veterinario y a la peluquería. Para mí que le compra calzoncillos de algodón, pensé. Cualquier otro con semejante coso haría lo mismo: entrenar, salir a tirar a los carteles de las rutas provinciales, esas cosas. Pasado un rato, y para evitar la tentación, me puse firme y salí de la cama. Mientras terminaba de arreglarme el pelo, él se clavó el jean, y la camiseta manchada. Los boxer quedaron tirados en el piso. No se subió el cierre ni se abrochó el cinturón. Le gustaba andar así, a medio vestir, pateándose al otro tipo. Se metió la mano adentro del pantalón y se lo acomodó. Yo lo miré despidiéndome, y le pedí que bajara a abrirme.
—Mejor te llamo un taxi.
Me abrazó por atrás y me llevó al living en el aire, casi sentada a cocochito del minero. Cuando agarró el teléfono me puse las manos en la cara. Resoplé. Él se dio cuenta; los tres metros de la cama al living me habían puesto otra vez a punto. Igual marcó el número. En un movimiento brusco, cuando dijo, “me mandás un taxi”, salté hasta la base del inalámbrico y corté la llamada. El tipo se rió, y el minero montó en guardia. Todo siguió bastante más zarpado que las veces anteriores. Me arranqué la camperita de verano que tenía puesta para salir y le pedí que me chupe las tetas, pero ahora de parados.
—Última vez y me voy—dije, y le hice la mirada Bluemagnum de Zoolander.
Me sentía sexy, masculina. Él estiró la mano hacia atrás y mientras hacía lo suyo puso Low, de David Bowie. El minero parecía incómodo, no lograba salir. El otro fumó de nuevo y me pasó una bocanada de humo. Sentí que la boca se me adormecía, flojera en las piernas, hormigas subiéndome por los dedos de los pies. Los párpados me pesaron y los dejé. Después abrí los ojos y estaba tirada en la cama, en la posición que menos elegía. Él arriba, aire entre medio, sus manos en el colchón, como haciendo cuerpo tierra. Vi al minero subir despacio, como una boa que se arrastra. Quise mover las manos para sacármela de la panza, pero estaba rígida y no podía reaccionar. Siguió subiendo por mi abdomen y pasó entre medio de mis tetas. El de arriba seguía haciendo fuerza y miraba desde su posición. Después sentí que el cuello se me cerraba, un ahogo en la garganta y fue. Corte a negro.
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